Veo


Veo tu Mar y como entra en la costa que a su vez entra en él; ambos como si fueran a girar en torno a un invisible punto geométrico, en una danza circular y derviche igual a la de los planetas alrededor del Sol, del Sol en torno a Alfa de Centauro, de Alfa de Centauro alrededor del centro del Universo.

Veo a tu mar y tu costa formar una figura parecida al símbolo del Tao.

Y a tu cielo envolver el intento con calma y sonrisas, a las nubes hacer su trabajo atemporal y en el fondo de las aguas a alguien naciendo, alguien muriendo, alguien sintiendo no reconocidos terrores mientras con vida autónoma, esperanzas aún sin cuerpo comienzan su viaje desde 13.000 metros de profundidad con destino al Sol.

Me pregunto cómo será ese rumor de almas, qué te dirá, que hace que te quedes quieta escuchando, mirando, oliendo, ensueño de partos en tu corazón atento y en la bella atención de tus ojos y tus manos dispuestos a capturar todo eso en un molde de plata y celuloide.

No se si has estado atenta a los rumores de tu mente mientras tomabas la instantánea. Si lo has hecho, entonces habrás escuchado, de primera mano, un mensaje de Dios. No es cosa sencilla la fotografía, se de cuenta uno o no de lo que está haciendo.
(Gracias JSA)

Encuentro


Encuentro.
En la mirada sostenida de mis hijos alimentándose de mi pecho.
En el recuerdo amoroso de ellos que ya no están.
En el rítmico vaivén del mar o el lento movimiento de ballenas y delfines.
En el lago que, ajeno a la perturbación del viento, es como el alma que refleja la fortaleza de las montañas, la fragilidad de las hojas en otoño, la sabiduría de las piedras, la pureza de las nubes, la energía del sol.
En su piel, sus besos, su respiración pausada mientras duerme.
En la música.
En dos manos estrechadas en silencio, en la conciencia de cada uno de mis poros uniéndose uno a uno a los suyos.
Encuentro.
El lugar en donde mi alma, despojada de armaduras, resplandece en absoluta comunión con mis sentidos.

El Bosque de Bambú

Viene a mi mente la imagen de una película china. Una escena en particular en donde una mujer estaba en un bosque de bambú y explicaba que ese bosque era especial porque sus ramas, llenas de sentimientos, esperaban que las toque el viento para liberarlos.

A veces en la vida uno es como ese bosque de bambú. A veces hay sentimientos tan profundos o tan enormes que sólo salen cuando algo o alguien nos toca como una suave brisa. A veces esa brisa sigue soplando suavemente y nos lleva a aguas calmas, pero otras se convierte en un violento huracán que nos arroja al medio del mar enardecido y ahí, dependiendo del estado –interno y externo– de nuestra nave, podremos sortear olas y rocas o hundirnos en los abismos más oscuros.

Sólo quien haya mirado al abismo directamente a los ojos conoce la sensación que provoca una nueva brisa.

Cuando se ha sido arrojado al medio del mar sin más elementos que uno mismo, se aprende. Primero a nadar, después a conocer las corrientes y dejarse llevar cuando arrecia el cansancio, luego a construir y fortalecer su propio barco con maderas o cualquier otro elemento que, flotando a la deriva, se crucen en nuestro camino y finalmente navegar el viento y entregarnos a él permitiéndole que nos lleve, pero esta vez, hacia donde nosotros queremos. Y así, quien fuera en algún momento un elemento ajeno y amenazador se vuelve, no nuestro amigo, pero sí algo que conocemos íntimamente.

Pero nunca dejaremos de sentir esa sensación de alerta que provocan los nuevos aires. Y la incertidumbre del tiempo de espera que transcurre hasta su definición en brisa o huracán, cargado de remolinos de sentimientos y sensaciones a veces difíciles de interpretar.

Y tal vez un día, mágicamente, la brisa nos vuelve a soplar en la cara. Pero esta vez uno simplemente “sabe”. El aire es nuevo, si pero esta vez no genera miedos, angustias e inseguridades por su devenir. Esta vez no existe la incertidumbre del tiempo de espera. Esta vez uno sabe que es el viento que toca el bosque de bambú y suelta sus sentimientos y uno simplemente cierra los ojos y se entrega, de cara al viento, sonríe, y se deja llevar.