Viene a mi mente la imagen de una película china. Una escena en particular en donde una mujer estaba en un bosque de bambú y explicaba que ese bosque era especial porque sus ramas, llenas de sentimientos, esperaban que las toque el viento para liberarlos.
A veces en la vida uno es como ese bosque de bambú. A veces hay sentimientos tan profundos o tan enormes que sólo salen cuando algo o alguien nos toca como una suave brisa. A veces esa brisa sigue soplando suavemente y nos lleva a aguas calmas, pero otras se convierte en un violento huracán que nos arroja al medio del mar enardecido y ahí, dependiendo del estado –interno y externo– de nuestra nave, podremos sortear olas y rocas o hundirnos en los abismos más oscuros.
Sólo quien haya mirado al abismo directamente a los ojos conoce la sensación que provoca una nueva brisa.
Cuando se ha sido arrojado al medio del mar sin más elementos que uno mismo, se aprende. Primero a nadar, después a conocer las corrientes y dejarse llevar cuando arrecia el cansancio, luego a construir y fortalecer su propio barco con maderas o cualquier otro elemento que, flotando a la deriva, se crucen en nuestro camino y finalmente navegar el viento y entregarnos a él permitiéndole que nos lleve, pero esta vez, hacia donde nosotros queremos. Y así, quien fuera en algún momento un elemento ajeno y amenazador se vuelve, no nuestro amigo, pero sí algo que conocemos íntimamente.
Pero nunca dejaremos de sentir esa sensación de alerta que provocan los nuevos aires. Y la incertidumbre del tiempo de espera que transcurre hasta su definición en brisa o huracán, cargado de remolinos de sentimientos y sensaciones a veces difíciles de interpretar.
Y tal vez un día, mágicamente, la brisa nos vuelve a soplar en la cara. Pero esta vez uno simplemente “sabe”. El aire es nuevo, si pero esta vez no genera miedos, angustias e inseguridades por su devenir. Esta vez no existe la incertidumbre del tiempo de espera. Esta vez uno sabe que es el viento que toca el bosque de bambú y suelta sus sentimientos y uno simplemente cierra los ojos y se entrega, de cara al viento, sonríe, y se deja llevar.
A veces en la vida uno es como ese bosque de bambú. A veces hay sentimientos tan profundos o tan enormes que sólo salen cuando algo o alguien nos toca como una suave brisa. A veces esa brisa sigue soplando suavemente y nos lleva a aguas calmas, pero otras se convierte en un violento huracán que nos arroja al medio del mar enardecido y ahí, dependiendo del estado –interno y externo– de nuestra nave, podremos sortear olas y rocas o hundirnos en los abismos más oscuros.
Sólo quien haya mirado al abismo directamente a los ojos conoce la sensación que provoca una nueva brisa.
Cuando se ha sido arrojado al medio del mar sin más elementos que uno mismo, se aprende. Primero a nadar, después a conocer las corrientes y dejarse llevar cuando arrecia el cansancio, luego a construir y fortalecer su propio barco con maderas o cualquier otro elemento que, flotando a la deriva, se crucen en nuestro camino y finalmente navegar el viento y entregarnos a él permitiéndole que nos lleve, pero esta vez, hacia donde nosotros queremos. Y así, quien fuera en algún momento un elemento ajeno y amenazador se vuelve, no nuestro amigo, pero sí algo que conocemos íntimamente.
Pero nunca dejaremos de sentir esa sensación de alerta que provocan los nuevos aires. Y la incertidumbre del tiempo de espera que transcurre hasta su definición en brisa o huracán, cargado de remolinos de sentimientos y sensaciones a veces difíciles de interpretar.
Y tal vez un día, mágicamente, la brisa nos vuelve a soplar en la cara. Pero esta vez uno simplemente “sabe”. El aire es nuevo, si pero esta vez no genera miedos, angustias e inseguridades por su devenir. Esta vez no existe la incertidumbre del tiempo de espera. Esta vez uno sabe que es el viento que toca el bosque de bambú y suelta sus sentimientos y uno simplemente cierra los ojos y se entrega, de cara al viento, sonríe, y se deja llevar.
